Monday, December 26, 2011

Los mejores discos de 2011 según los lectores de Sound Weekend

Mucho más premeditado que cualquier cosa que había grabado Chazwick Bundick en el pasado, Toro y Moi logró sacar un segundo disco mucho más efectivo pero igual de bailable.


Sin repetirse completamente, the Horrors logró experimentar dentro de sus límites y crear una interesante ópera shoegaze.


Sin miedo a experimentar con sinfines de instrumentos, Justin Vernon se encerró en un bosque invernal para grabar uno de los discos más aclamados del año.


Capaz se esperaba de Tomboy una locura lisérgica, Panda Bear nos trae un disco mucho más digerible, sin arriesgarse a cambiar la estructura de las canciones como había hecho en su disco anterior y conformándose con convencionalismos melódicos más que disfrutables.


Desde Londres llegó la última propuesta guitarrera, inflada y elogiada por sus riffs ramoneros y sus vocales bañadas en reverb. Difícilmente se puede recordar un disco debut británico que haya generado tanta expectativa que no pase del 2006.


Helplessness Blues es una brisa tibia en la cara, libre de trucos de composición o sobreproducción y demás desesperaciones por tratar de ser algo que no es. Con letras buscando inspiración y amor en cualquier cosa, de una manera mucho más romántica e idealista que en el primer disco, Fleet Foxes logra combinar perfectamente cierto grado de simplicidad campesina y transiciones conflictivas.


Lejos de ser la bola de noise melódico que se esperaba, el nuevo disco de Girls puede ser visto como un mixtape adolescente. Muchas canciones demuestran facetas que nunca creí que iba a escuchar de la mano del dúo de San Francisco: riffs metaleros siguen a baladas fáciles, siempre con un grado de experimentación compositiva en cada canción para mantener la cosa interesante.


Angles significó el esperadísimo regreso de the Strokes como banda. Visto como un popurrí de diferentes ideas, es de principio a fin un sube y baja en lo que respecta a experimentar con distintos géneros. Y más allá de cualquier balada poco convincente que contenga, ningún corazón que creció con Is This It pudo esconder la sonrisa al escuchar Angles por primera vez.


Con menos de 40 minutos de duración (el disco más corto de la banda), The King of Limbs llegó cargado de loops rítimicos superpuestos y numerosas técnicas experimentales de grabación. Puede llegar a ser el disco menos ambicioso en la historia de Radiohead, aunque no tarda en envolvernos entre capas y capas de cuerdas y teclados para no soltarnos nunca más.


Desde que se volvieron el mayor fuzz de Gran Bretaña a mediados de la década pasada, con su primer disco, cada nuevo album de los Arctic Monkeys se esperaba mordiendo inquietamente las uñas. Suck It and See, el cuarto disco del cuarteto, es definitivamente el disco más pop de la banda: un album lleno de baladas melódicas con tremendos solos y mucho reverb.

Sunday, December 25, 2011

James Blake

Se venía un poco escuchando un poco acerca de James Blake desde el año pasado. Con dos EP bajo el brazo, el debut de Blake cayó a principios del año con toneladas de expectativas que logró satisfacer sin ninguna culpa. Tomando mando del micrófono ésta vez, James Blake es el responsable de uno de los discos más comentados y aclamados del año. Y bien merecido.

No hace falta darle muchas vueltas al disco para poder distinguir una premisa: James Blake no es ningún aficionado en lo que respecta a composición melódica, con versos que repite hasta el final en cada canción acompañado de hermosas capas de teclados y bases rítmicas. Es por esta misma razón que no es difícil descomponer cada canción del disco para unir las piezas e identificar los elementos que causan déjà vu. Del otro lado de la moneda, no existen combinaciones de palabras que hagan justicia a la combinación perfecta entre emociones y técnica que dominan canciones como the Wilhelm Scream o Why Don’t You Call Me.

La voz de Blake no deja de ser un arma afilada al momento de experimentar con efectos vocales ni cuando necesita un coro propio. Canciones como I Never Learnt to Share pueden llegar a servir como mejor ejemplo de esta lucha entre el minimalismo y la ambición electrónica. Con teclados libres y una batería constante, el tema parte de un a cappella al que le suman de a poco estos dos instrumentos para ir in crescendo y finalizar en un rápido puente distorsionado.

Muchas otras canciones pueden dar la impresión de ser bocetos o ideas desestructuralizadas de canciones más poderosas, aunque no dejan de ser pensamientos excepcionalmente producidos. Otras opiniones critican al disco enfatizando el hecho de que las canciones más fuertes del disco son covers: el single instantáneo Limit to Your Love es un cover de Feist de su disco Reminder (2007). Con su voz y su teclado imponente, Blake logra apoderarse completamente del tema hasta hacerlo mucho más suyo que de nadie. Muchos de los bocetos mencionados anteriormente, aunque no dejan de ser momentos interesantes no completamente explorados, se quedan cortos al lado de temas como éste.

De la misma manera que varios de los discos electrónicos de este año, James Blake puede o no ser un disco hecho para desertar después de unas primeras escuchas. Por un lado, varios sonidos intrigantes como la guitarra acústica en Lindisfarne II pueden pasar desapercibidos hasta que el oído se apropia completamente del álbum. Por otro lado, el hecho de que exista una premisa implícita en cada canción puede hacer que la mente desmotivada de por sabido uno de los discos más originales e interesantes del año.

#373 - James Blake (2011)

Monday, December 5, 2011

Tarot Classics

Con su primer disco el año pasado, Surfer Blood atrapó a varios con una combinación de surf rock altamente distorsionado. Cualquiera con oídos y parlantes no tardó en engancharse profundamente en el debut, Astro Coast, de los oriundos de Florida. Sin embargo, de principio a final, la banda desplegaba un sonido mucho más característico e único, fácil de diferenciar y destacar entre las infinitas propuestas que llegaron entre 2009 y 2010 bajo la premisa de hacer rock para bailar en la playa. Preparándose para sacar un segundo disco al año que viene, Surfer Blood presenta un EP de 15 minutos y un par de remixes: Tarot Classics.

Al escuchar que la banda se había mantenido bastante ocupada durante el año, abriendo para Pixies en su Doolitle Tour, no me hubiera sorprendido que lo próximo a escuchar de Surfer Blood fuera algo más violento y crudo que lo que su primer disco emanaba. Para bien o para mal, estos pensamientos no tienen lugar en los cuatro temas de Tarot Classics.

En la apertura, I’m Not Ready, una brisca playera envuelve el punteo juguetón de guitarras antes de que la voz imponente y particular de John Paul Pitts estalle. No hay lugar para las pizcas de noise o experimentación en la altamente disfrutable canción de cinco minutos, elementos que hacían a Astro Coast un trabajo tan audaz, No resulta ninguna sorpresa escuchar a Pitts abrir el estribillo cantando “I’m not ready to look the other way” [“No estoy listo para mirar hacia el otro lado”], línea que fácilmente se puede aplicar a la falta de cambio vertiginoso a la hora de grabar nuevo material.

Le sigue el primer single Miranda, momento para el cual ya es fácil señalar qué aptitudes la banda decidió desarrollar en profundo y cuáles descartó de una. Con un rasgueo de guitarra distorsionado y rápido, la banda respira punk setentoso mientras Pitts hace su mejor imitación de Morrissey. Voyager Reprise continúa inmediatamente con una batería relativamente calmada y un fuerte uso de sintetizadores, y un estribillo donde las guitarras se concentran en imitar la melodía de Pitts antes de entrar en un puente que deja mucho de qué desear, fácil de encontrar en discos como First Impressions of Earth de the Strokes.

Drinking Problems funciona como un trance hipnótico en el cual Pitts cambia de canal dejando de atrás a Morrissey y acercándose a un Bernard Sumner, dejando a las diferentes percusiones simultáneas y los acoples de guitarra dar final a un EP redondito. El remix de la misma canción abre el par de remixes, acentuando la distorsión en los bajos y jugando con un beat repetitivo. Voyager Reprise es el otro tema que tiene su propia remezcla, aunque no hace más que concluir en que remixes bailables de una banda como Surfer Blood no tienen lugar.

Surfer Blood se deshizo de los elementos que hacían de Astro Coast un disco distinto e interesante. Sin embargo, no se puede decir que el rock surfero sigue tomando un papel bastante significativo en el sonido de la banda. Tarot Classics parece ser un esfuerzo mucho más primitivo que su antecesor y, aunque tenga ninguna canción fracase por sí sola, espero que este EP no sea visto en el futuro como el camino lógico antes de un segundo disco igualmente de simple.

#372 - Surfer Blood (2011)

Thursday, November 17, 2011

Hurry Up, We're Dreaming

Anthony Gonzalez empezó a grabar bajo el nombre M83 en 2001, año en el que sacó su primer disco homónimo sin pena ni gloria. El francés empezó a dar de qué hablar recién en 2003 con Dead Cities, Red Seas & Lost Ghosts, ganándose el agrado de la crítica y público internacional. Este segundo disco partía del proyecto bailable con el que Gonzalez había empezado para adentrarse en un territorio en donde el shoegaze y el pop electrónico se englobaban en una sola entidad. Discos futuros mostraron cómo M83 se quedaba solamente con el reverb en los suspiros y profesionalizaba esta orientación dream pop-era. Considerado como Gonzalez mismo como su obra maestra, el disco doble Hurry Up, We’re Dreaming marca los 10 años de carrera del músico europeo.

Tomando como influencia sus giras con The Killers y Kings of Leon, Gonzalez se vio listo a hacer su propio disco orientado al rock y pop de estadios, esa cualidad que tanto elogiamos de bandas como Arcade Fire o Broken Social Scene, pero raramente se predeciría de M83. Para esto, bien desde el principio del disco, los coros y gritos heroicos en la introducción marcan un antes y después para todo aquel enamorado de las voces secretas e inocentes sobre la musicalización poderosa con la que M83 se había dado a conocer.

Con el pasar de los 73 minutos de duración del disco y a medida que uno se acostumbra a escuchar a Gonzalez cantar muy parecido al Followill líder, empiezan a surgir otros elementos vírgenes en la discografía del músico. Saxos no tardan en llegar para cerrar ese ambiente ochentoso lleno de guiños de teclados y guitarras glams esperándote a la salida; o la melancólica Wait, sorprendiendo con acústicas. Las cuerdas vuelven a aparecer en el interludio de la segunda parte, Year One, One UFO acompañándolas de manera nata un escapismo rural bastante fuera de lugar en el contexto nocturno y sintético en el que el disco está sumergido (o por lo menos antes de explotar en guitarras eléctricas y teclados).

Ambos discos de Hurry Up, We’re Dreaming se pueden analizar como hermanos: los dos tienen cierres y finales, unos pares de interludios ubicados en mismas partes, el single claramente posicionado como segundo tema, entre otras similitudes. Este espejismo refuerza de cierta manera la, de otra manera, débil conceptualización del disco doble, en la que Gonzalez juega con el contraste de la percepción preconsciente de una noche fantástica y, y la distorsión inconsciente del sueño surrealista. Sin embargo, esta comparación puede que no se respete a lo largo del trabajo, producto de la vaga conceptualización al inspirarse de otros discos dobles como Mellon Collie and the Infinite Sadness.

Desde el primer single, Midnight City, no es muy difícil señalar los posibles futuros cortes de difusión que le seguirán: Gonzalez desarma y vuelve a armar la idéntica estructura musical por lo menos ocho veces más (Claudia Lewis, New Map, OK Pal, pero no tiene mucho sentido seguir spoileando), apoyándose en los mismos juegos de teclados y coros sin los que varios de estos temas no funcionarían por separado. La imaginación de M83 sigue creando momentos resaltables, y varios de éstos tienen en común la falta de preocupación en que el tema sea memorable por todas las razones equívocas. Canciones como This Bright Flash y su hermana Echoes of Mine, con sus baterías potentes y los teclados sumergibles, funcionan dentro y fuera del contexto ambicioso del disco por ser solamente una intermisión, una transición hacia “los verdaderos hits”. En esta búsqueda por la “canción pop perfecta”, Gonzalez se pierde del viaje por no esperar a ver otra cosa que el destino.

Puede ser de hipócrita desvalorizar al disco tomando como puntos vulnerables lo falso que puede llegar a parecer el aura de “épica obra electrónica doble conceptual”, cuando la razón inconsciente detrás del desagrado es que varios de los que empezamos a escuchar M83 fue por el shoegaze simple pero innovador. Igualmente, una vez que se deja de ver a Hurry Up, We’re Dreaming como un monstruo de consumismo masivo y se lo empieza a tratar como un trabajo parcialmente honesto, resulta en una de las novedades más disfrutables del año.

#371 - M83 (2011)