Wednesday, July 13, 2011

No Color

La historia se repite una y otra vez. La banda saca su primer disco consagrándose como la nueva revelación, el disco que será recordado hasta que se separen como “el primero”, “el único”, “el fresco”, “el original”. La banda saca un segundo disco y al no poder alcanzar las expectativas, se van de a poco marchitando en el olvido. ¡Pero no desesperéis! Si los egos aguantan la tensión y no disuelven la banda, siempre podemos contar con el gran regreso después de un tiempo de recapacitación y reconectarse con sus raíces.

The Dodos se mantuvo en repeat constante con su primer disco (pasando por alto el disco proyecto que grabó el cantante Meric Long solo) Visiters (2008), en donde se presentaban como una propuesta folk medianamente atípica. El mismo año en que Fleet Foxes sacaba aclamado debut homónimo, the Dodos nos mostraba la otra cara del folk, bastándose en percusiones, una guitarra acústica furiosa y unas eléctricas ocasionales para crear un ambiente crudo y agresivo (bueno… agresivos para ser folk). La simpleza en el sonido de la banda se vio afectada cuando agregaron un tercer miembro para su segundo disco, encargado de sumar xilófonos o teclados. Fue así como salió Time to Die (2009), disco en el que la banda también se apoyó en la producción de Phil Ek, quién había trabajado ya con Band of Horses, y Built to Spill. Ek, a pesar de hacer un gran trabajo puliendo el sonido de la banda y ayudándolos a experimentar con un diferente punto de vista, Time to Die sonaba a la par de bandas como the Shins o Fleet Foxes (ambas producidas también por Ek), y volvía muy fácil de confundir a the Dodos con cualquier otra banda pop de esa gama saturada.

No Color promete rescatar los elementos característicos y ventajosos de the Dodos desde la primera canción: Black Night abre el disco añorando el sonido de una banda directa y efectiva, sin miedos de jugar con un sonido levemente más oscuro esta vuelta. Sin embargo, No Color no es un borrón y cuenta nueva: la banda supo con qué quedarse de su segundo disco para adaptarlo y personalizarlo en una manera que cumpla con el objetivo del tercero.

The Dodos suenan mucho más estructurados y menos espontáneos que antes, síntoma de la maduración que los llevó a hacer un disco más oscuro y muy coherente. La banda demuestra más que nunca que su fuerte es ser directo: si quieren crear tal tipo de ambiente agresivo no tardan en hacernos sentir en medio de una guerra acústica. Es cuestión de repetir tanto simbólicamente como literalmente las premisas para entender la desesperación en las letras de Sleep, y las esperanzas en Companions. No Color puede no tener esa espontaneidad que nos mantenía alertas de cada cambio de ritmo en las primeras canciones, pero es definitivamente un paso adelante en la historia de una banda que, al parecer, aprendió sus fuertes pero sigue con ansías de experimentar.

#361 - The Dodos (2011)

Thursday, July 7, 2011

Elephants at the Door

“No importa cómo suene, tiene que ser psicodélico”. Esa fue la promesa con la que el italiano Wikus Van De Merwe y su novia se encerraron a fines de año en Los Ángeles a grabar su primer disco. Juntos habían grabado Plumy Tale a mediados de 2010, canción que había recibido elogios de todo tipo, aunque se desconocía completamente de dónde venía ese dueto, esa línea de bajo, y esos coros. Teniendo esa canción como única referencia, la pareja se dispuso a grabar el disco, abierta a cualquiera que sea la dirección que el sonido tome durante las sesiones, siempre y cuándo suene psicodélico.

Elephants at the Door está influenciado por millones de cosas, y muchos no tardaron en compararlo con Cosmogramma de Flying Lotus desde los ojos del rock y pop psicodélico. Grizzly Bear pero con más energía, con Edward Sharpe and the Magnetic Zeros pero menos hippies; el hijo entre que salió de una orgía entre Air, Led Zeppelin y the Velvet Underground; sea cual sea la ecuación de bandas que formule la crítica para tratar de entender Dumbo Gets Mad, Elephants at the Door se inclina en un territorio bizarro, mezclando cosas que nunca se nos hubiera ocurrido que quedarían bien.

Tomando canciones como Sleeping Over por ejemplo, no hay que poner mucha atención para admirar cómo se traspapelan una tremenda línea de bajo muy dub, unas voces con efecto chipmunk-alien, y un saxo ocasional. Otros temas como Harmony empiezan de una manera muy cálida, con una guitarra un poco reggae, unos tambores por atrás, la línea de bajo siempre presente, y los coros a lo Little Joy; todo esto para después pasar en la misma canción a un trance psicodélico y un estribillo rodeado con efectos de campanas. Es una de las producciones más creativas del año, llevándose todos los premios teniendo en cuenta que todo lo que escuchamos viene desde la cabeza y a través de las manos de un solo tipo.

Más que nada, el fuerte de Dumbo Gets Mad en todo momento es la creación de ambientes sonoros. Las canciones se conectan entre sí, cada una con su estructura poco convencional, aunque después de un tiempo uno puede llegar a preguntarse si existen más efectos que canciones en sí. Es entendible como después de un tiempo, puede llegar a ser un disco que moleste a la gente que venía acostumbrada a algo más simple, carente de experimentos sónicos, ya que después de todo, Elephants at the Door es un disco que requiere si no toda, por lo menos el 99% de tu atención las primeras veces, sin agobiar el oído.

Es la excentricidad en Elephants at the Door que lo hace brillar como único con sus bajos funkadelicos, sus sintetizadores orgánicos, los beats y las guitarras lejanas, diferenciándose de todo el indie pop convencional que satura la escena. Por momentos me hace acordar a mucho de con lo que estaba experimentando MGMT en Congratulations y lo logró en su propia manera. Muchos van a analizar exactamente cómo hiso Dumbo Gets Mad para llevar una idea a territorios experimentalmente muy poco explorados sin perder su esencia en el camino. Por ahora, no lo tuve que escuchar mucho para darle el título de uno de los mejores que escuche este año, fácil.

#360 - Dumbo Gets Mad (2011)

Wednesday, July 6, 2011

Bon Iver

Desde que su primer disco For Emma, Forever Ago (2007) pegó de manera relativamente pasiva en las listas de lo mejor de la década, se puede decir que Justin Vernon no tuvo tiempo para respirar. Entre colaboraciones con varios artistas, un nuevo EP, una aparición en el disco de Kanye West, y grabar un par de proyectos apartes, el segundo disco de Bon Iver asomaba como uno de los discos más anticipados del año (aunque difícilmente se haya ganado el título con tanto Strokes y Arctic Monkeys).

Si vale la pena mencionar que el disco fue grabado mientras Vernon estaba encerrado en su casa un invierno entero recuperándose de mononucleosis, es porque el disco refleja todo lo contrario. No hace falta escucharlo muchas veces para darse cuenta que el nivel amplio de instrumentación en cada canción no se puede contar con las dos manos: cada tema es una sólida expansión y un quiebre de la perspectiva que guardábamos de Bon Iver con su primer disco melancólico. Sin embargo, las voces y los relatos desgarradores que hicieron ese debut un álbum tan poderoso siguen intactas: el método de evolucionar de un trabajo con baterías escasas y guitarras simples a una ambiciosa producción sin perderse en el proceso es algo que le faltó a varios discos etiquetados como folk de este año.

Con cada escuchada se descubren más y más espacios en cada canción, sentimiento provocado especialmente por la masiva percusión y todos los sintetizadores diferentes que tocan al mismo tiempo. Especialmente en canciones como Perth que abre el disco con guitarras casi angelicales que no hacen más que flotar en ese ambiente hacen resaltar la producción llena de coros de iglesias y redoblantes por todos lados mientras que un par de trompetas y clarinetes se asoman muy por atrás.

El disco avanza para experimentar con un par guitarras eléctricas y levemente distorsionadas cuando puede que en canciones como Minnesota, WI, coexistan momentos hermosos con pedazos donde puede llegar a parecer que un banjo, unos instrumentos de viento y unos golpes distorsionados irrumpen simplemente para hacer ruido, corrompiendo la estabilidad sonora y la experimentación interesante con la que venía encaminada la canción. Una vez pasado ese momento de incertidumbre, el álbum se expande en canciones como Holocene o Wash., donde la capacidad para crear escenarios cómodos y fríos al mismo tiempo es inmensa.

Bon Iver brilla en los momentos en los que la instrumentación llueve de manera natural y hace fusión con el propósito de la canción. En otros momentos parece que lo que estamos escuchando fue ideado de tal manera para que uno se dé cuenta de los nuevos sonidos con los que Vernon no tuvo miedo de experimentar, pero sin ningún otro objetivo en particular.

#359 - Bon Iver (2011)

Tuesday, July 5, 2011

The English Riviera

Desde Inglaterra, los poperos de Metronomy vienen evolucionando con cada disco desde 2006. Después de que un par de versiones remixadas de sus primeros temas se difundieron en internet, su segundo disco, Nights Out (2008), aterrizó con unas expectativas servidas y oídos curiosos y ansiosos por pop bailable. Este año, la banda vuelve con un nuevo line-up y un tercer disco que encabeza la gran mayoría de las listas de lo mejor del año.

A medida que la banda fue progresando desde sus comienzos, fueron perdiendo esa excentricidad que los hicieron novedosos pero concentrándose en una visión más amplia del sonido que querían tener. The English Riviera es un gran paso en el largo camino de Metronomy a la creación del pop perfecto, trabajando arduamente en la composición de canciones y confiando más y más en sus habilidades para instrumentar estas canciones y menos en lo que la producción podría llegar a agregar al disco.

En su mejor momento, la banda demuestra un talento infinito en crear capas y capas de orquestación, un elemento que venían explotando desde su primer disco instrumental pero de una manera mucho más minimalista. En un lado opuesto, la banda sabe exactamente como sonar precisa en el momento justo, con cada sonido sumando y manteniendo una estabilidad instrumental tremenda. El primer ejemplo que llega a los oídos es We Broke Free, canción que abre el disco después de una breve introducción con sonidos de playa. Este tema sirve como punta del iceberg, demostrando que tan bien pueden sonar unos beats y un bajo mientras cada sintetizador, guitarras eléctricas y limpias, y voces que rebotan, se suben al viaje.

La primera mitad del disco es la que se encarga de pulir estas ventajas que tiene Metronomy sobre varios trabajos pop que salieron este año. Dentro de una experimentación limitada pero entretenida, la banda suena redonda y concreta, excepcionalmente ecualizada para lograr lo que se proponen. Desde que arranca el disco, hasta The Bay, the English Rivera abre y cierra puertas al mismo tiempo en que mantienen una ambientación concisa y concentrada.

Para el último tercio del disco, la banda se aleja del fuerte del disco, que definitivamente es la composición desde cero. Se siente como si the English Riviera hubiera sido un maratón, y en los últimos kilómetros tuvo que buscar soporte y descansar en la producción del disco, quién podría haber hecho un mejor trabajo en esta última parte. Las últimas dos canciones del disco, se encargan especialmente de crear fuertes sonidos pop orquestales, casi sonando como improvisaciones bien practicadas. Para muchos, estas canciones funcionarán como puntos de anti-climax, mientras que para otros puede ser que suenen como un crescendo final. Sea cual sea el gusto o la opinión, lo que deja en claro el disco cuanto termina, es que este es un disco muy bien pensado, y un tremendo punto de referencia para la banda.

#358 - Metronomy (2011)